
Está todo casi oscuro. Tan sólo es la luz ocre de una farola callejera la que se cuela a través de los tejidos de las cortinas, quejándose entre algún maullido lejano, hambriento...
Apenas el susurro del viento se escucha entre los huecos de la persiana, que balancea a medio bajar, a medio limpiar, entre el silencio de la noche, aparentando un descuido...
Otra vez, como una despedida, estoy a punto de sumirme en ése coma al que llaman sueño, y es entonces cuando apareces: de lejos , casi borrosamente, entre la niebla densa de tus palabras.
Me gustaría saber de dónde surges, ése hueco que juega a hacerse el misterioso del que sales sin más y vienes a parar a este abismo mío inacabable y nulo de pedazos de ti...
Me gustaría saberlo y encerrarte allí, y atraparte para siempre y echar la llave lejos, muy lejos...O al mar. Como quien que se quiere privar de algo...
Pero entonces te acercas y ya no soy yo, pierdo los sentidos mientras noto tus carícias que suenan a silbido de noche. Y me confundes de nuevo, y ya no sé si estoy soñando o tratando de escapar de tu mirada que me vacía y me deja vulnerable, aún más vulnerable ante ti...
Estoy así, al borde de tus deseos, a punto de morir ahogada en tu hiedra de intentos y entonces te vas, y despierto...
Y es entonces, cuando muero de nuevo.